Serie fotográfica del Puente Libertador de 1930, y de la tarde del 3 de junio de 1943 cuando colapso el puente al perder sustentación los pilares base del extremo sur: Dr. Luis Hernández Contreras. Cronista oficial de la ciudad de San Cristóbal (2022)
Arte e ingeniería...
Observando la fotografía de la caída del puente colgante Libertador, que une a San Cristóbal con Táriba y el norte tachirense, producto de la devastadora vaguada del 3 de junio de 1943 (y reconstruido en su totalidad entre 1944 y 1946, permaneciendo hasta el presente), se acrecienta la admiración por la solidez intrínseca de aquella obra original, conformada por piezas de hierro pudelado (hierro forjado industrial, el material insignia de las obras de ingeniería de la Revolución industrial del siglo XIX), calculadas, perforadas y prefabricadas en los talleres de Gaston Leinekugel le Cocq et Fils, en Larche (Corrèze, Francia). Un todo estructural diseñado en 1925, y finalizado y entregado al Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela en 1928.
Estas piezas fueron ensambladas en suelo tachirense bajo la dirección del ingeniero Luis Ramozzi, junto a la construcción de los sólidos pilares. concluyendo así el puente con 172,70 metros de longitud y una luz central de 112,80 metros entre sus pilares.
La estructura no se doblegó ante el embate directo del río Torbes ni cedió en sus elementos metálicos portantes, la misma sucumbió a causa del debilitamiento y socavación extrema en la base de los pilares del extremo sur, que se encontraban a una altura considerable del lecho del río. Estos, al perder sustentación, arrastraron consigo la caída de la mitad del puente, dejando en evidencia una vez más la fuerza del agua, la cual se sintió por igual en los destrozos ocasionados en otras regiones del Estado Táchira, entre 1942 y 1943, por eventos hidrometeorológicos extremos.
Así, el colapso asimétrico de esta estructura ofrece una lección elocuente de patología estructural y dinámica fluvial, donde convergen la fuerza hidráulica de una crecida y la repentina alteración del equilibrio estático característico de un puente colgante. La imagen documenta el resultado de un fallo geomecánico en cadena: la pérdida del soporte en la cimentación de una de las torres, seguida por una violenta redistribución de cargas que precipitó el tablero hacia el nuevo lecho fluvial y doblegó la torre sur en su totalidad, hasta dejarla en un verdadero amasijo de hierros retorcidos y en posición horizontal.
En el origen del desastre intervino, con toda claridad, el fenómeno de socavación severa frontal, provocado por la extraordinaria crecida de aquella jornada que quedó en la historia de las montañas tachirenses. En los cauces andinos de montaña y piedemonte, la corriente concentra su energía cinética en líneas de flujo preferenciales o márgenes cóncavas. Al embestir con una fuerza que, tal vez, sobrepasó los cálculos de resistencia originales de 1930 cuando se instala e inaugura en la tarde del 19 de diciembre de 1930, la base del pilar sur, el agua erosionó el lecho de apoyo y descalzó los cimientos de la zapata.
Al perder la sustentación vertical, cerca de las 2:30 p. m. de ese día, la mole de uno de los pilares de cemento comenzó a inclinarse de forma dramática, alcanzando un ángulo de desvío visible de aproximadamente un sexto de ángulo recto (entre 15º y 18º, en sentido crítico descendente base sur - base norte, del pilar) sin fracturarse en su masa principal, lo que constituye un elocuente testimonio de la formidable trabazón y calidad constructiva de su fábrica sobre esos suelos de depósitos jóvenes. Al mismo tiempo, la estructura de la torre, por la tensión o tracción funcional de sus cables y anclajes, cedía y se doblegaba en dirección contraria a la inclinación
Por ello, semejante pérdida de aplomo resultó, no obstante, insostenible para el equilibrio estático del conjunto. Los arcos y pilas macizas de mampostería y hormigón en masa poseen una notable resistencia a esfuerzos axiales de compresión, pero son sumamente vulnerables cuando entran en juego tensiones de tracción o flexión cortante provocadas por torsión o desplome.
Al inclinarse la torre en esa magnitud, las fuerzas dejaron de transmitirse verticalmente al suelo, originando tensiones internas imprevistas que finalmente hendieron y doblegaron la torre, tal como se aprecia en la fotografía.
El factor detonante que consumó el derrumbe de este tramo fue la respuesta mecánica de los cables portantes. Un puente colgante opera como un sistema en permanente tensión simétrica: los cables principales transfieren las cargas del vano central y los vanos laterales hacia las silletas de coronación y, desde allí, a los sólidos anclajes de tierra.
Al ceder la pila sur, inclinarse y descender el punto de apoyo superior, se rompió instantáneamente el balance vectorial. La catenaria sufrió un violento tirón descendente provocado por el propio peso muerto del tablero, arrastrando vigas de rigidez, péndolas y barandillas metálicas en una deformación plástica irreversible que terminó por desgajar la calzada y desplomarla sobre la ribera.
La supervivencia intacta del estribo y la torre del extremo norte se explica por la conjunción de dos factores: la asimetría hidráulica y el alivio súbito de tensiones. Por un lado, la margen opuesta se hallaba fuera del vórtice de máxima socavación del cauce para ese momento, asentada sobre una cota más protegida o terreno firme. Por otro lado, una vez que la torre sur comprometida colapsó y la mitad del vano cayó al lecho, la tensión extrema que tiraba hacia el río se disipó súbitamente, evitando que el esfuerzo de arrastre se propagara con la misma magnitud destructiva hacia el otro extremo del histórico paso.
En definitiva, el colapso del elegante y soberbio puente Libertador de 1930 no obedeció a deficiencias constructivas ni a fallas estructurales en su superestructura metálica o en la fábrica de sus pilares, cuya solidez quedó demostrada al resistir un desplome casi inverosímil sin desintegrarse en su masa principal. Su caída fue consecuencia exclusiva de la desmesurada fuerza hidráulica desatada por el río Torbes; una avenida extraordinaria que rebasó por completo las previsiones hidrológicas y los criterios geotécnicos de cimentación calculados hacia 1930.
Más que un fracaso de la ingeniería de su tiempo, la fotografía atestigua el punto en que la naturaleza supera las cotas teóricas de diseño, dejando en pie la dignidad técnica de una obra de inicios del siglo XX, que solo sucumbió cuando el lecho mismo sobre el que reposaba fue barrido por las aguas.

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